12 may. 2014

House of Cards, aún más adictiva, aún mejor serie

El día de San Valentín Netflix lanzó la segunda temporada de House of Cards que se mereció un cuarto puesto en lo mejor del año 2013, la pareja del año, los Underwood vuelven para demostrarnos las artimañas de la política más actual y los enormes fallos que tiene el sistema democrático. Justo un día después se estrenó en Yomvi y ese mismo domingo se empezaba a emitir en dual en Canal+ Series, todo un esfuerzo digno de alabar.



El inicio de la segunda temporada toma lugar justo donde lo dejamos al final de la primera, si nada lo impedía Frank Underwood sería investido vicepresidente de los Estados Unidos dejando de lado a sus rivales. En su carrera hacia lo más alto del poder Frank tuvo que hacer todo lo necesario para subir, aunque para ello tuviera que recurrir a medidas poco ortodoxas y nada legales, medidas que hemos visto que le salen bien y con poca complicación (lo más críticos de la serie le achacan eso), pero en esta segunda al estar ya en una situación de poder, ve que algunas cosas no le resultan tan fácil. Tendrán por supuestos víctimas colaterales que hacen que la serie sea una auténtica adicción. Está pensada para maratonearse y si tuviera tiempo lo haría.

Ahora más que nunca el personaje interpretado por Kevin Spacey intentará ejecutar su plan en el que su compañera de negocios, es decir, su mujer cobra aún más protagonismo si puede, algo que se agradece porque es una delicia ver a Robin Wright en pantalla. Su trama asciende a pilar básico de la serie esta temporada, si antes se limitaba bastante ahora adquiere mayor importancia con una revelación de su pasado que promete llenar las tramas de drama, mentiras y oportunismo como viene siendo hasta la última revelación del capítulo 7, donde el personaje alcanza un nuevo máximo. No me quedan uñas para aguantar esta temporada que se ve mucho más neurótica. Las condiciones son totalmente diferentes a las de la primera temporada, lo que le exige aumentar el nivel en todos los ámbitos, pese a tener dos pérdidas enormes, se puede decir que las han superado con éxito.

La recta final es absolutamente de infarto, Frank juega al demonio con el mismísimo presidente interpretando a Rosemary*, un juego de influencias, manipulación, confianza y egos que terminan por pasar factura. El final es simplemente de quitarse el sombrero dejándonos con unas ganas terribles de que empiece de una vez la tercera temporada, pero para eso tendremos que esperar al próximo febrero aunque podría venir con retraso ya que el inicio de la producción se ha retrasado hasta mitad de junio.

*No he podido evitar la comparación, ayer se estrenó la miniserie 'Rosemary's Baby' con Zoe Saldana en NBC y promete ser todo un despropósito.